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La bengala
por José Pérez Reyes

José Pérez Reyes

Herido por esquirlas de metralla, el soldado cayó a pocos metros de una zanja. Entre sombras, a semejanza de un árbol derribado a hachazos, no sentía las piernas.
Ignoraba cuán grande era la herida. Sólo un temblor áspero le recorría el cuerpo tendido boca arriba.
El combate bullía más allá.
El ataque se volvía más encarnizado.
Esta tierra de nadie era un resquebrajado limbo entre cuyas rajaduras yacía agrietándose el soldado.
Miró el cielo, dada su postración no tenía otra opción. Apretó los labios y se fijó en las relucientes bengalas, esas supuestas guías que únicamente iluminan el camino a la perdición. Luciérnagas de muerte. El llamado al asalto, las marcas de luz para un ataque de sombras.
En aquel momento una de esas bengalas revolvía el aire, metros arriba de la cabeza del soldado. Eso le trajo el recuerdo de los fuegos artificiales, cuando el ejército partía de la capital rumbo al frente. La gloria les esperaba, decían. Ya no veía esos rostros sino los de los camaradas muertos. Entre esos vítores ciudadanos y estos alaridos de combate median años de enfrentamiento armado.
Un charco evidenció que su sangre manaba, todavía sufría dolores y mediante eso supo que seguía con vida. No podía erguir la cabeza, la tenía atascada, miraba hacia arriba, visualizaba recuerdos y veía bengalas en el cielo pero no podía ver hacia adelante sus piernas maltrechas.
Bajo esa bengala cercana que serpenteaba por los aires, también vinieron a su mente aquellos fuegos artificiales de la boda que celebró años atrás con su prima, como era costumbre. Esas imágenes evocadoras se aferraban a su mente, sabiendo que estos episodios cuánto más felices se volvían más remotos.
Todo sea para conseguir algún alivio en este campo de batalla donde se enfrentan ejércitos pero los verdaderos contendientes son la vida y la muerte.
Ese derroche del ayer se le disipó pronto al oler pólvora y carne chamuscada. Su situación era terrible, a mitad de camino. A veces, el destino tarda en decidir. Otras, se lo distrae con humanas divagaciones dilatorias.
Los disparos y gritos le trajeron el fragor de la lucha algunos metros más allá.
Ahora sus gemidos sonaban más perdidos. Nadie en su auxilio, sólo sus recuerdos.
Observó mejor el cielo. Ni un alma. Nubes y nada más.
Cerró los ojos, los párpados le pesaban como granadas.
El soldado no pudo evitar pensar en el agua que tanto precisaba. La enorme sed de su cuerpo abatido. La herida abierta e insaciable. Intuyó una lluvia lejana que jamás llegaba, solamente tronaba y tronaba.
La idea del agua le llevó a evocar el río. Fue así que recordó una jornada delirante en la que, estando inundado su pueblo natal, se había acercado en bote hasta la terraza de la casa de su abuelo para mirar el río crecido que de un zarpazo annegó toda esa costa. Tenía 14 años, se sentó en esa terraza, se puso a matear solo allí arriba, en pleno invierno y se creyó en una islita.
Esas torpes impresiones no tenían ninguna gracia, la anécdota tampoco servía de consuelo. Eran sus impresiones de adolescencia, las mismas que arrojaran en masa al enrolamiento voluntario de muchos menores impetuosos para participar en esta guerra, como si fuera un concurso con premios. Un arranque de furor como este fútil asalto de infantería.
Prefirió recordar el río, enorme y desbordante pero limitado. Quiso conocer el mar. Jamás lo había visto. Tanta agua ignorada, pensó. Olas lejanas en horas tristes.
Se apretó la pierna sangrante queriendo hacer un torniquete que sus temblorosas manos no lograron atar.
Pensó, una vez más, en su esposa a quien había dejado embarazada justamente después de su última estadía en la casa familiar, aprovechando la licencia concedida por el ejército.
Su desesperación, a cada instante, lo inundaba todo.
Cómo se vería ahora? Ella ya estaría cerca de los cuatro meses, calculó él. Será niña o varón? Imaginó el líquido en el vientre. Mentalmente sació su sed, ahogó su llanto, intercambió lágrimas por jugos amnióticos.
Dejó de mirar esa bengala cuya luz decrecía al caer y también él se extinguió.
Pero el soldado tardó mucho más que aquella bengala en extinguirse.
Su brillo fue opacándose lentamente.
Su agonía duró mucho más.
Durante esa batalla, sus camaradas le auxiliaron. Fue hospitalizado y enviado de regreso a su casa, tras sufrir la amputación de una pierna. Regresó al hogar sólo para ver morir a su esposa debido a complicaciones en la última etapa del embarazo, para enterrarla con el bebé nunca visto pero siempre sentido, para ver la decadencia, la enfermedad y el abandono de los lisiados, para visitar tumbas después de la guerra y, sobre todo; para lamentar profundamente que le hubieran rescatado cuando estaba desangrándose, precisamente cuando él creía que su hora había llegado y sentía que su vida se apagaba con los últimos destellos de aquella bengala.

JOSÉ PÉREZ REYES
-Nascido em Assunção (Paraguai) em 1972
- Advogado e professor universitário
-Escritor membro do Pen Club
-Membro da Comissão Diretora da Sociedade de Escritores do Paraguai
-Autor do livro de contos “Ladrillos del Tiempo” (2002) que recebeu a menção honrosa do prêmio “Roque Gaona 2003”
- Membro integrante do Fórum de Escritores Jovens do Mercosul
-Escritor representante do Paraguai no III Encontro de Novos Narradores da América Latina e Espanha que ocorreu em Bogotá de 4 a 7 de novembro de 2003.
-Publicação do relatório “Ese laberinto llamado ciudad” em 2004 na Colômbia integrando a compilação literária do Convénio Andrés Bello



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:: dezembro 10, 2005 10:16 PM



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