La espalda de Alejandra balanceaba una noche iluminada que estaba a punto de terminar en un abrazo y a la casita. Los chistes de mal gusto y la risa estrepitosa a medio recostar sobre el muro de las escaleras, flanqueaban el caminar grupal del que se desprendía una figura diminuta, divina, sensual y perfecta para el abuso clasemediero del animal doméstico, pero borracho. Daban las diez, El Paraíso, un nombre lo suficientemente anómalo para tomarse las cosas a la ligera: Otrora reflejo de un panteón de familias aeroportuarias y cojines de terciopelo atendiendo el recibo, el servicio en la cocina, hoy mantenía su bodega abierta. “Coño mami, tienes ese culo bien rico” (risas). Podía haberse dejado así. Una espalda peligrosa será siempre tentación asesina, y el vértigo del mundo se pude resumir en una curva que parte los sentidos entre la nuca y una alucinación desenfocada que se pierde cerca de los muslos. Pero el desafío canalla mezclado con 15 botellas de 5º etílicos desencadenó la respuesta, un tanto estúpida, que contradice al proverbio “los valientes también huyen”.
Cheo, que estaba en la bodega, soltó las bolsas del refresco en procura de una amenaza que diluyera los gritos. Los ojos de Alejandra brillaban ante la confusión de una pelea que ya no tenía retorno: la hombría en estos predios vende muy caro su irrespeto y Gustavo creía que aquella espalda sin adjetivos era su fortín provisorio, y él su carcelero. Ante su gesto violento y los empujones infantiles, la risa del muro se transformó en complot. Gustavo se sabía perdido desde el principio. Cheo sólo pensó en rescatar a su hermano menor, pero el 18 contra 2 evidenciaba una desproporción insalvable y ya no había marcha atrás.
El llamado pacto de caballeros del uno contra uno resolvía la situación a medias, y Cheo tomó la iniciativa. Gustavo tendría que conformarse con ver los toros desde la acera, a medio metro de la espalda de Alejandra. Nadie entendió por qué Cheo, que medía cerca de 2 metros, se arriesgó con esa pirueta innecesaria que lo llevó hasta el suelo. Mientras más grandes son, más fuerte caen. La incertidumbre por ver quién ganaría la batalla duró apenas 10 segundos, y el uno contra uno terminó pesando más que la cayapa que se vislumbraba al principio. Un rostro amasado por los golpes de un portugués que, irónicamente, trabajaba en la bodega de una pareja de ecuatorianos, y medía medio metro menos, evidenciaba el peso de una mala decisión. El entrenamiento con cajas de legumbres y tasajos de res de 15 kilos pudo más que las peleas en bares de pool. Si al menos aquella caricatura de patada voladora hubiese sido en una superficie plana. Pero ya era tarde y el cráneo había rebotado lo suficiente por una pendiente llena de zapatos sucios que gritaban embriagados de barbarie.
Aquel gesto efectista de escupir una pelota de sangre le sirvió a Gustavo para meterse entre los dos cuerpos y detener una golpiza que le sabía a culpa. Entre agarrones, la espalda de Alejandra, sigilosa, se dirigió al teléfono público que estaba empotrado en la entrada de la bodega. Un vacío en su voz y el encanto natural del miedo bastaron para que El Negro, funcionario adscrito a la DIM, del otro lado de la línea, enfilara hacia el lugar con 3 motorizados armados hasta los dientes. No hay nada más seductor que rescatar a un amigo en los albores de la media noche, más si la llamada, entrecortada, confusa, al borde de un llanto enternecedor, la hace una mujer de pestañas milagrosas y aire de Lolita criolla.
El 18 contra 2 se convirtió en un 30 contra 4, un herido y un bate de aluminio oxidado. Se respiraba la tensión propia de un barullo desconcertante con sed de algarabía, pero el fastidio por maltratar a un grupito tan confundido que no logró ni mantener su felicidad a buen resguardo, acatando el insulto en silencio y siguiendo su camino, pudo más que las ganas de matar. Se infería el final de otra noche de domingo que corría con prisa. Al menos Alejandra se acordó de recoger la bolsa con la Coca Cola de 2 litros y la caja de Marlboro. Ya no había resaca que no fuera la de los golpes. Cheo tambaleaba su furia –pómulo sobre el ojo y el labio a medio guindar– y maldecía escupiendo sangre contra la Santa María azul poceta de la bodega. Gustavo seguía en su intento inútil de retroceder el tiempo, mientras escapaba de un nuevo enfrentamiento y recogía a su hermano para terminar de llegar a casita. El abrazo cambió de destinatario.
Desde arriba, las gasas manchadas sobre las heridas oyeron el rugir de unas motos que no eran de la zona (los jíbaros de aquí usan 650, a lo sumo). La cofradía se había disuelto. Una fiesta en la torre B, piso 9, vasitos de plástico desechable y merengue de última moda, eran la excusa perfecta para seguir con el chiste y reírse de lo sucedido. Se quedaron algunos que nunca se metieron en el lío alrededor de una mesa de dominó. El Negro no lo sabía. Creí haber escuchado que Alejandra –qué espalda la de Alejandra– dijo que eran más 30. Las patadas fueron lo de menos, esta vez las ganas de matar se concretaron. Buenas noches caballeros…
Leo Felipe Campos é editor da revista literária venezuelana PLÁTANO VERDE
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:: dezembro 18, 2005 03:02 AM